martes, 10 de mayo de 2016

Y a ti, ¿te gusta la música?


- ¿Te gusta?

- Si me gusta el qué...

- La música.

- Sí. Sí, me encanta, ¿a ti?

- A mí también.

- ¿No tienes otra cosa?

- Qué pasa, ¿no dices que te gusta?

- Sí pero esto sonaba hace mil años.

- Me encanta la música de los ochenta.

- ¿Sí?

- Sí. Yo tendría que haber vivido esa década.

- Yo estuve en un concierto de los Rolling.

- ¡Qué me dices! ¿En dónde?

- En el estadio. Era muy pequeño, mis padres no tuvieron con quien dejarme.

- ¿Cuántos años tenías?

- Once.

- Mis padres vieron a Joaquín Sabina. Cuando aún tenía voz.

- Sí, cuando se despertaba en su casa con gente desconocida.

- Sí… ahí por los noventa.

- Me encanta Sabina.

domingo, 1 de mayo de 2016

Una llama que, como cualquier otra cosa, se apaga

Tan sólo era un bebé, realmente un bello bebé con el tamaño de un bebé, con todos los deditos y todos los apéndices que debería tener, vamos un bebé completo, cuando sus padres la presentaron a su primer casting. 

Ni cortos ni perezosos, sin importarles lo más mínimo su opinión, la opinión de un bebé que todavía no opina, puede que tenga o no opinión, pero no opina y eso es lo que cuenta; anotaron su nombre en la hoja de inscripción, un nombre elegido en contra de la madre de la madre, no es que me repita, o sea de la abuela del bebé por parte de madre. Mireia se llamaba, asemejaba moderno, no conocían a nadie con ese nombre, me arriesgo a afirmar que no había nadie con ese nombre censado anteriormente en el pueblo. Y por supuesto que les llamaron. Tenían el bebé más hermoso del momento. Corto cabello rubio y grandes ojos claros, entre azulados y verdosos, un tono cristalino quizás aún por definir. 

Además de su belleza, indiscutible para ninguno, era una criatura ejemplar, muchos padres hubiesen querido tener un bebé con tan buen comportamiento, en comparación con los suyos quizás solo lloraban, o gritaban, o tiraban cosas, o llamaban a mamá para estar siempre en el centro de la atención ajena. Mireia apenas lloraba o gemía, aunque era demasiado pequeña, dejaba por su paso paz, tranquilidad, armonía. 

Habría un episodio de dudas sobre la procedencia del gen masculino durante el embarazo, a modo particular pues jamás saldría fuera de la casa de esta ventajosa familia, no más lejos que a la casa de la mejor amiga de la madre, compañeras desde el colegio, a la que no podría ocultar una sospecha así por parte del hombre que, un buen día, decidió tomar su mano. Pasado este bache emocional y sacando en conclusión el equívoco o quizás el perdón, cualquiera de ambas por parte paternal, a medida que el tiempo se consumía, se gastaba, pasaba por la máquina de matar el tiempo ya caducado, la pareja acumulaba grandes sumas de dinero para su pequeña, aunque dicho de manera correcta el dinero era ganado por la pequeña. No escatimaban en gastos que relacionados con la educación o el bienestar de la ‘grande’ de la familia, he aquí la paradoja de quien poseía la capacidad de ser la más pequeña y la más grande, como quien contradice a la naturaleza siendo la más joven y la más responsable o el pilar fundamental o quien regresa con el dinero a casa como si del hombre de la familia se tratase en tiempos previos a la liberación de la esposa. Cada año se presentaba mejor que el anterior, el pelo largo y repleto de rizos imposibles, sus ojos todavía poseían la mezcla de azul verdoso cristalino, sus piernas eran cada vez más largas, aunque manteniendo las anatómicas proporciones del cuerpo humano, no pensemos en un ser con piernas de dos metros y un diminuto torso con un guisante como cabeza; y sus pequeños dientes decoraban la sonrisa perfecta, rebosante de felicidad de una niña que comenzaba la escuela primaria. 

Aquella no había sido una gran época. Aun hoy en día la recuerda con muy poco tiempo libre, rodeada de artilugios y tecnologías propias de los estudios fotográficos en lugar de estar jugando en el colegio con los demás niños normales, aunque quizás no tan perfectos como ella; niños normales, qué errada expresión, niños comunes, demasiado simple para cualquier niño; en los ratos muertos entre toma y toma los profesores particulares tomaban posesión de sus profesiones ante los pequeños especiales, por llamarlos de alguna manera que los distinga del resto de niños mal-llamados comunes, incluso también de los conocidos como especiales, cuyo adjetivo en este caso suele referirse a la capacidad mental pudiendo no ajustarse a los baremos oficiales que se marcan a cierta edad. No se pueden recordar amigos cuando, sencillamente, no se tuvieron. ¿Podrían considerarse amigos los otros niños de cara triste y sonrisa alegre con los que contados días coincidía en los rodajes? Compartían la extraña sensación de cansancio, carentes de energía para jugar, sin contextos de los que hablar. Pero definitivamente esos días sí eran recordados, y eran los mejores. 

Los años pasaron, Mireia creció, cómo era lógico y deseadamente esperado, y poco a poco fue aprendiendo a sacar provecho de su virtud. Comenzó a generar energía de dónde no existía, a relacionarse con los más próximos a su edad, aunque a sus padres no les pareciese del todo correcto, pero... ¿qué más podían decir? Mireia había sido siempre una niña ejemplar y lo seguiría siendo, salvo que ahora, además, había decidido tener una infancia para recordar. Algo que poder contarle a sus hijos o a sus nietos, a su futuro marido, si es que el destino sólo había preparado para ella uno único y solitario que, dada la angélica belleza de nuestra protagonista, sería una idea que se descarta por su fracaso; en definitiva, un pasado.